Historia de las aguas termales
El origen y el crecimiento del turismo termal en la región del Noroeste argentino desde comienzos del siglo XX.
Mucho antes de que existiera cualquier infraestructura turística, las aguas que emergen del subsuelo santiagueño ya eran conocidas por las comunidades originarias de la región, que les atribuían propiedades curativas y las incorporaban a sus prácticas de cuidado del cuerpo. Esa relación ancestral con el agua caliente fue el punto de partida de todo lo que, décadas más tarde, se convertiría en un polo turístico de alcance nacional.
Hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX, los relatos de viajeros y los primeros estudios sobre las propiedades minerales del agua comenzaron a circular entre médicos y hacendados de las provincias vecinas. Santiago del Estero, con su clima cálido y sus napas termales a poca profundidad, empezó a aparecer en la literatura de la época como un sitio recomendable para el descanso y la recuperación física. La fama se construyó primero de boca en boca, y después a través de publicaciones de salud pública que promovían el turismo termal como complemento de los tratamientos médicos tradicionales.
Las primeras décadas del siglo XX trajeron los primeros intentos de aprovechamiento organizado de las fuentes. Pozos artesanales, piletones improvisados y construcciones rústicas de madera y adobe permitieron que los primeros visitantes —en general familias de las provincias cercanas que llegaban en tren o en carro— pudieran acceder al agua sin depender exclusivamente de la naturaleza. Estas intervenciones tempranas, modestas en escala, fueron el germen de lo que luego se transformaría en una infraestructura turística más ambiciosa.
El crecimiento del ferrocarril fue decisivo. La llegada del tren a la zona redujo drásticamente los tiempos de viaje desde ciudades como Santiago del Estero capital, Tucumán y Córdoba, y convirtió a las termas en un destino alcanzable para un público más amplio que el de los primeros tiempos. Con el aumento de visitantes llegaron también los primeros hoteles y pensiones familiares, que ofrecían hospedaje económico a quienes buscaban pasar varios días en la zona para completar un tratamiento termal.
En paralelo, el Estado provincial empezó a prestar atención al fenómeno. Se encargaron los primeros análisis químicos formales de las aguas, que confirmaron la presencia de minerales como el cloruro de sodio, el calcio y el magnesio en concentraciones que, según los criterios médicos de la época, favorecían el tratamiento de afecciones reumáticas, respiratorias y de la piel. Estos estudios dieron sustento científico a lo que hasta entonces era apenas una tradición oral, y ayudaron a posicionar a la región como un destino de salud con base técnica.
Hacia la década de 1920 y 1930, el turismo termal del NOA ya tenía una identidad propia dentro del mapa turístico argentino. Las publicaciones de la época describían a Termas de Río Hondo como un lugar de recuperación física, pero también como un espacio de sociabilidad: familias enteras que viajaban por semanas, médicos que recomendaban estadías prolongadas y una vida social que se organizaba alrededor de los horarios de los baños termales, las comidas compartidas y los paseos por la zona.
Ese crecimiento del turismo de aguas fue, a la vez, la condición que hizo posible el desarrollo de la infraestructura social que en las próximas décadas tomaría forma arquitectónica propia, incluido el edificio que hoy es el centro de este museo virtual. La historia de las aguas y la historia del edificio, como vas a ver en el mapa de las aguas, están profundamente entrelazadas desde el comienzo.